Surfear bajo las estrellas - The New York Times

2022-03-17 09:00:49 By : Mr. Julian Liang

El mar picado, la desorientación, poca visibilidad y los tiburones son algunos de los peligros que enfrentan los surfistas que se dedican a montar olas de noche.

Credit... Photographs by Donald Miralle for The New York Times

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Por Jared Whitlock y Donald Miralle

SAN DIEGO — El océano y el cielo se fundieron en una masa gris, lo que dificultó que el surfista midiera las olas que venían. ¿Se derrumbarían sobre él y lo mantendrían bajo el agua… o romperían en el lugar perfecto para que pudiera montarlas?

Durante el día, al surfista Helmut Igel no le perturban las olas de casi dos metros. Pero ya había pasado la medianoche en un mar sin luna. El surf es distinto en la oscuridad.

Igel, de 55 años, forma parte de una pequeña subcultura de surfistas de San Diego a Sídney que después del atardecer llenan las costas en busca de una aventura, que ha despertado la curiosidad de las redes sociales desde que algunos surfistas profesionales usan tablas con luces LED.

Sin embargo, en esta modalidad del surf, la visibilidad es solo uno de los peligros.

Los tiburones, aunque rara vez se encuentran a lo largo de la costa, pueden cazar de noche. Y los surfistas no tienen la seguridad de que los socorristas los rescatarán porque suelen irse poco después de que caiga el sol.

Entonces, ¿por qué nadar bajo las estrellas? Porque hay más espacio, principalmente. Los cálculos de la cantidad de surfistas en todo el mundo varían mucho —la International Surfing Association dice que son 35 millones— pero las proyecciones indican que el deporte está creciendo.

El hecho de que haya más aficionados a este deporte significa más tránsito en el agua mientras esperan las olas y luchan por encontrar un buen lugar, dado que el surfista que está más cerca del rizo es quien puede montar la ola. Las multitudes también afectan los buenos modales en el surf, pues la costumbre es que solo haya un surfista por ola (o dos si hay una ola de dos cimas).

Igel aceptó dar una entrevista, además de acceder a ser fotografiado en el agua, con una condición: no nombrar el lugar exacto que frecuenta, un sitio entre Camp Pendleton Marine Corps Base y la curvada costa de La Jolla, 64 kilómetros al sur.

Antes de llegar al mar oscuro se puso un casco oxidado por el agua salada, se tomó una selfi y le envió la foto a su esposa para tranquilizarla. No siempre funciona, dijo.

En el casco tenía varitas luminosas color naranja y púrpura, un accesorio de surfista nocturno que alerta a los demás por si se topan con alguien mientras están surfeando.

Las varitas pueden parecer primitivas al lado de la tecnología LED empleada por los surfistas profesionales. La hazaña nocturna más famosa se realizó en 2011: el australiano Mark Visser, un surfista de olas grandes equipado con un chaleco inflable y una tabla con luces LED, montó olas de nueve metros en Jaws, un paraje costero de Hawái.

“Comenzó como algo aterrador, pero cuando me acostumbré y pude sentir lo que estaba pasando y entregarme al momento, fue la experiencia más increíble”, dijo Visser, y señaló que su hazaña mortal le había tomado cuatro años de preparación.

El chaleco salvavidas modificado y la tabla de Visser no estaban diseñados para iluminar las olas, sino para permitir que las tripulaciones de rescate lo localizaran en caso de un accidente. Durante el entrenamiento descubrió que las luces apuntaban en cualquier dirección, pero detrás de él lo cegaban.

El empresario australiano, Mike Bilton —uno de los pocos fabricantes de tablas LED comerciales— se topó con el mismo problema al desarrollar un prototipo.

“Los diseños posteriores ya llevan las luces en la parte inferior de la tabla y emiten solo un poco de luz, por lo que puedes ver bien cuando estás en la ola”, dijo. “Pero aún así debes enfrentar el desafío de percibir la ola mientras se acerca”.

Pero las varitas luminosas le funcionan bien a Igel. Su luz era la única señal de que estaba ahí, montando una ola, haciendo siluetas en forma de S mientras se deslizaba y descendiendo antes de que la ola lo dejara en la orilla. Inmediatamente regresó al lugar de inicio.

Después de 20 años de surf nocturno, Igel está acostumbrado a situaciones peligrosas. Recuerda muchos choques y, en una ocasión, una ola de cuatro metros lo volcó junto a un amigo. Pero esos incidentes no lo han desanimado para seguir saliendo varias noches al mes.

Para Igel, quien fue marinero, nadar bajo el manto de la oscuridad es casi un instinto. “No solo se trata de intentar alejarse de las multitudes”, dijo. “Es el ambiente, algo difícil de expresar con palabras”. Le encontré el gusto a esta belleza espeluznante mientras montaba las olas.

Al mover el agua con mis manos emergían brillantes senderos blancos —lo que Igel llama polvo de hadas— debido a la fosforescencia del mar. Las estrellas parpadearon. Los faros de los autos que pasaban se reflejaban en las nubes bajas y etéreas.

Sin embargo, a pesar de todo su atractivo, el surf nocturno está vinculado a la tragedia.

El 27 de octubre de 2015, justo cuando la noche empezaba a caer, Alec Cooke salió a surfear en la Bahía de Waimea en Oahu, Hawái. Después de que Cooke fue reportado como desaparecido, los socorristas encontraron su tabla en la orilla, pero él no estaba ahí.

Tres días más tarde, el cuerpo de Kenneth Mann, un maestro pulidor de tablas de surf que también montaba olas de noche, fue encontrado en la playa de Encinitas, California, atado a su tabla despedazada.

El capitán de salvavidas de Encinitas, Larry Giles dijo que el día anterior vio a Mann correr a la playa con su tabla una hora antes del atardecer. No está claro qué pasó después de eso o cuándo se ahogó Mann.

Por la falta de luz, es común que los ojos de los surfistas les hagan malas jugadas: ¿esas son algas o es algo peor?

“Los tiburones son una parte importante del surf nocturno, incluso si no aparecen”, dijo James McDonald, que al igual que Igel compartió anécdotas pero no salió a surfear esa noche. “Siempre pienso en eso”.

Añadió en broma que, si tuviera la desgracia de encontrarse con un tiburón, eso le daría “un epitafio asombroso: ‘Lo devoró un tiburón blanco mientras surfeaba de noche’”.

Brad Benter, que también forma parte del ambiente del surf nocturno de San Diego, dijo que una vez había visto la aleta dorsal de un tiburón a 30 metros de distancia bajo una luna llena alrededor de las 4:30 a. m. Actualmente lleva una tobillera que ahuyenta a los tiburones, pero no está seguro de que funcione.

Sin embargo, los surfistas nocturnos están enamorados de la luna. “Después de un rato tus ojos comienzan a ajustarse y, aunque es difícil ver, puedes montar olas”, dijo McDonald. “Y en tu mente se siente como si viajaras a lo largo de tres kilómetros. El tiempo se detiene”.

El surf nocturno no es nuevo. Un artículo de la revista Collier de 1909 sobre el surf en Hawái describió al carnaval anual de playa Waikiki, en el que se surfeaba con lámparas de acetileno. Según Matt Warshaw, autor de The History of Surfing, en 1969, Jock Sutherland montó monstruos de seis metros en la bahía de Waimea durante la noche, después de haber consumido LSD.

“En los años sesenta, los jóvenes surfistas salían ocasionalmente porque los ingredientes estaban allí: verano, agua caliente y la luz de la luna”, dijo Warshaw. “Más tarde, se convirtió en una forma de alejarse de la multitud, y ni siquiera estoy seguro de si eso es cierto en los principales lugares”.

Luego del descanso de medianoche, Igel acarició una ola que salió de la oscuridad. “¡Esta se ve bien!”, dijo antes de montarla.